lunes, 22 de noviembre de 2010

CRÓNICA DE 1932

Navegando por Internet he hallado este artículo en el blog: "..los hernández..". Vida y obra de Luis Hernández Rico (1866-1938) y Luis Hernández Alfonso (1901-1979).
Aunque se puede encontrar íntegro en esta dirección, https://loshernandez.wordpress.com//, he pedido permiso a su autor para traspasarlo a este blog por la relación que tiene con Torrelaguna y como fue visto el pueblo, por su abuelo, en esas fechas.


































Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de julio de 1932 en la revista «Estampa». Debemos su localización al profesor Agustín Miranda Armas, administrador de la Minikpedia, a quien va todo nuestro agradecimiento. Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Propósito

No intentamos «descubrir» Torrelaguna; sabéis, como nosotros, que es un pueblo de dos mil quinientos habitantes, cabeza de partido judicial, que está a cincuenta y ocho kilómetros de Madrid, muy cerca del río Jarama, y no lejos del Lozoya, que se alza en la ladera del cerro de Calerizas. Y que no tienen ferrocarril. Pero…

El pueblo en la llanura

El automóvil nos aleja de Madrid. Dejamos atrás la típica barriada de los Cuatro Caminos, Fuencarral, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Fuente del Saz, Valdetorres, Talamanca… La llanura castellana, sobria, dura, monótona e impresionante por su ruda desnudez, desfila ante nuestros ojos como algo inacabable. De vez en vez se recorta en el horizonte diáfano la silueta de una torre de iglesia. Por los senderos, algún campesino camina como un tuareg entre los arenales del Sáhara.
Apenas si algunos árboles, no muy frondosos, en fila, espaciados, como diezmada guerrilla de un ejército derrotado, señalan el paso de un mezquino arroyuelo. Aquí y acullá, casas parduzcas que casi se confunden con el terruño.
Mas he aquí que el panorama varía. Campos bien cultivados bordean el camino. El «auto» avanza ahora bajo el ramaje tupido de unos árboles vigorosos que semejan tropas cubriendo la carrera. El agua ha hecho milagros.
Y de repente nos hallamos, casi sin darnos cuenta, en una amplísima y soleada plaza, a cuyo fondo un arco vetusto —el del Coso— parece una argolla que sujeta la carretera. Plaza típica, una antigua fuente frente a la fachada venerable de un palacio de amarillentas piedras varias veces centenarias.

La agonía de un pueblo

Recorremos las calles. Abundan en ellas los edificios de añosa piedra, casas solariegas de linajudas familias. Sobre muchos arcos evocan el pasado los blasones mutilados, las cimeras corroídas por la humedad, ennegrecidas y profanadas por el polvo de varias centurias.
Muchos de esos pórticos de indudable mérito arquitectónico han quedado para servir de acceso a sucios corrales. Otros, cerrados desde lustros, no tienen detrás sino ruinas: columnas derribadas, escaleras hundidas, muros derruídos. Calles hay donde la mitad de las casas están abandonadas. Impresiona tristemente esta decadencia de un pueblo que tiene elementos sobrados para ser población progresiva y floreciente.
¿Cómo, habiendo excedido en otras épocas de cinco mil habitantes, apenas si cuenta ahora con la mitad? El veterano maestro nos informa amablemente. En sus palabras hay una mezcla de amargura y de indignación. Los campos son de personas que no viven en Torrelaguna, y que sólo se ocupan de ellos para cobrar el canon estipulado. Viven en Madrid y gastan sus redimientos en la capital. Los colonos, trabajando constantemente, sólo consiguen un pobre salario.
El hambre pasa muchas veces por el pueblo. Es la tragedia de casi todos los lugares castellanos. Campos feraces, ricos, de ubérrimas cosechas, y campesinos míseros que arrastran una vida sin horizontes ¡en la región de más dilatados horizontes de España!

Las piedras torrelagunenses

Ya no hay lagunas ni torres en Torrelaguna. Aquéllas se secaron y éstas se cayeron. Unos trozos de muralla —en pie por verdadero milagro de equilibrio— nos recuerdan el rasgo de los que ofrecieron al rey Juan el regalo de unas fortificaciones hechas a costa de la población. Hoy no podrían hacer lo mismo.
Llegamos a la plaza del Ayuntamiento y nos detenemos, asombrados. Ante nosotros se alza una hermosa iglesia, enteramente de piedra, con su espadaña de extraordinaria elegancia y una puerta de serena belleza y severidad. Es el templo parroquial, reedificado a expensas del cardenal Cisneros y donde yacen los restos de grandes hombres, muy distintos en vida y ya iguales en la muerte: el inquisidor Vélez y el poeta Juan de Mena. Si grandes fueron ellos, no es indigno de su fama el panteón que guarda sus cenizas.

Detalle macabro

Uno de nuestros acompañantes nos señala una ventana enrejada que se abre a pocos centímetros del suelo del presbiterio, en el lado derecho del altar mayor (visto de frente). Nos aproximamos con curiosidad. Es una especie de nicho; la persona que nos ha hecho la indicación mueve una mano por entre los barrotes y levanta una tabla o plancha. Experimentamos penosa impresión al ver un confuso montón de huesos, entre los cuales creemos percibir que una calavera nos mira con sus vacías órbitas.
Son los huesos de Juan de Mena. Cualquier día, un turista extranjero, de estos que están desmantelando España sin que nadie lo impida, se llevará los restos de una de las más grandes figuras del parnaso patrio, para enriquecer un Museo de Inglaterra, de Alemania o de los Estados Unidos.
Vemos que encima de los restos hay un sobre; lo extraemos del nicho y hallamos en el interior un curioso documento. Es un acta fechada en 1869, donde se hace constar que por orden de la Junta provisional, ante el Cabildo torrelagunense, reunido en sesión solemne, se procede a sacar de su sepulcro los restos del gloriosísimo poeta don Juan de Mena, para trasladarlos al Panteón de hombres ilustres de Madrid.
El documento aparece firmado y sellado, y en él se indican las personas designadas por el Cabildo para que custodiasen el depósito hasta su entrega a las autordades nacionales. Pero es el caso que allí, en Torrelaguna, a merced de cualquier cleptómano de antigüedades que aproveche un descuido, están los huesos del que fue gran poeta cuando España iba a empezar su época de glorias bélicas.

La casa de Cisneros

En la plaza de la Constitución de alza una cruz de piedra rodeada por una verja. Allí estuvo la casa natalicia de Gonzalo Ximénez de Cisneros, que después cambió su nombre por el de Francisco; fue arcipreste de Uceda, capellán de Sigüenza, fraile franciscano, confesor de Isabel la Católica, arzobispo de Toledo, cardenal, comisario apostólico y regente de España.
Allí, en 1436 y de familia de posición humilde, nació aquel hombre genial (en sus méritos y en sus defectos) que llena más de un cuarto de siglo de la historia hispana.

El presente y el porvenir de Torrelaguna

Angustia ver que un pueblo enclavdo en fértiles tierras, bañadas por dos ríos, bien cultivadas, agonice lentamente. Las casas, abandonadas y en ruinas, impresionan dolorosamente. Torrelaguna, que tuvo en otros tiempos cerca de seis mil habitantes, hoy cuenta con menos de la mitad, y aun esos viven en constante penuria. Escasea el trabajo; muchas familias dependen de la Dirección del Canal del Lozoya. El viejo maestro don Severino Quirós nos cuenta, con voz conmovida, los detalles de esta agonía, análoga a la de otros muchos pueblos españoles, víctimas del caciquismo y de los abusos del derecho de propiedad, ambos unidos estrechamente para tormento de los que nada pueden ni poseen nada.
Torrelaguna merece vivir. Es una población de historia gloriosa, de abundantes recursos naturales. Necesita «acercarse» a Madrid, relacionarse constantemente con la capital y crear con ella un trato continuo para que cese su aislamiento y aumente su industria y su comercio.
Para todo eso no le basta a Torrelaguna tener una buena carretera.
Necesita un ferrocarril. Jamás el automóvil —por ahora al menos— tiene la trascendencia creadora que hace de las vias férreas elemento primordial del progreso.
Los Poderes públicos no deben desoír el clamor de las poblaciones que, abandonadas a su suerte y viendo disminuir sus medios de vida, piden al Estado lo que éste tiene el deber ineludible de darles.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

(Fotos Vera Marrón.)

domingo, 14 de noviembre de 2010

FOTOS II


ALHÓNDIGA o mercado de abastos se levantó entre los s. XIV y XV, después se transformó en alfolí o almacén de sal, fue restarurado y actualmente es un restaurante-museo.









Ermita de Nuestra Señora de la Buena Dicha en el cementerio, construida a principios del s.XVII, esta parte de la foto funciona actualmente como tanatorio.


Foto izq.: puerta lateral de la iglesia de Santa María Magdalena. Foto derch.: portada del s. XV perteneciente a la casa de los Bernaldo de Quirós que posteriormente fundaron aquí la Abadía de la Concepcionistas Franciscanas Descalzas (Monjas de clausura).

sábado, 13 de noviembre de 2010

FRANCISCO JAVIER GRIJALVA

FRANCISCO JAVIER GRIJALVA, jesuíta, nacido en Torrelaguna un 2 de diciembre de 1625.
Ingresó muy joven en la Compañia en 1642, viajando América al año siguiente y realizando sus estudios de filosofía y teología en el Colegio de San Pablo de Lima. Partió como sacerdote a las misiones de Juli de las que sería su Superior entre 1666 y 1674.
El catálogo jesuita de 1666 describe su talento como "ad omnia cum satisfactione".
Viceprovincial de Chile (1674-1680), visitó las misiones araucanas con peligro de su vida.
De regreso al Perú fue rector del colegio de San Pablo (1685-1687) y provincial del Perú (1688-1692). Presidió la congragación provincial de 1692 en la que se presentó un postulado que pedía para los territorios de América dependientes de España la creación de una Asistencia de Indias.
Poseedor de vasta erudición teológica y seguro criterio fue consejero de virreyes y arzobispos.
Escribió una biografía de Diego de Avendaño (Lima, 1689) y en el Archivo Nacional de Santiago de Chile se conserva el códice "De fide", obra escrita por él sobre virtudes teologales.
Falleció casi centenario en Lima (Perú), un 4 de marzo de 1723.

sábado, 6 de noviembre de 2010

CARTAS DESDE LAS FRONTERAS DEL IMPERIO (NUEVO MÉXICO)

Reinando Carlos II (6/11/1661-1/11/1700), "El Hechizado", el último Austria de la Corona española, descendiente directo de los Reyes Católicos, al que por una política de sucesivos matrimonios reales consanguíneos hicieron que naciera en un lamentable estado físico y psíquico, añadido a que su muerte sin descendencia diera lugar a la guerra de Sucesión española de la que saldría triunfante el candidato Borbón, Felipe V, no obstante durante su reinado se produciría una de las últimas ampliaciones del imperio por parte de uno de sus capitanes, Diego de Vargas Zapata, con la conquista y pacificación de Nuevo México en 1692.
No voy hacer aquí un resumen de la vida de Diego de Vargas al que por otra parte dediqué, por su relación con Torrelaguna, dos entradas de este blog del 7/2/2010: "Diego, la Cofradía de San Isidro y los apaches" y "Nuevo México: Guerras indias - Dragones de cuera", pero si referirme a las cartas que mandaba a sus hijos a Torrelaguna donde residían pues eran naturales y a su entorno familiar.

El norteamericano JHON L. KESSELL, reconocido historiador sobre la época colonial española en territorios de los actuales Estados Unidos de América, publicó un volumen en la Universidad de Nuevo México, de la correspondencia que tuvo Diego de Vargas durante su periódo americano que abarca de 1675 a 1704 y para la que Kessell se trasladó a archivos de los Estados Unidos, México y España. Cartas de las que se pueden sacar aparte de temas personales, importantes reseñas históricas de la época.
Cartas a Gregorio Pimentel, su cuñado, que quedó con la custodia de los niños al morir su madre al año de partir Diego.
Cartas a su hija Isabel y a su yerno Ignacio López de Zárate, en las que se queja de su destino poco antes de la toma de Santa Fe, hecho por el que pasaría a la historia, "...yo podría haber hecho más pero estoy como desterrado en este reino en los extremos de la Tierra y remoto sin comparación". En otras es la queja por el poco apoyo del virreinato, "...Nuevo México fue conquistado de mis propios gastos", ante la tardanza y reticencia oficial para dejarle enviar expedición contra los apaches que habían robado más de 460 mulas y caballos en 1698, también dirigidas contra el virrey por los nombramientos del cabildo de Santa Fe, mediante el soborno, regalos y promesas.



Cartas a su hija María, como la de 23/9/1691, en la que la cuenta que acaba de regresar de una campaña vistoriosa, trayendo como botín 130 paganos apaches y que se irá de nuevo en octubre hacer la guerra en las provincias de Sonora y Sinaloa, infestadas por el enemigo, saliendo en expedición con los hombres del presidio de El Paso como su capitán.

"...mi corazón fue roto por el dolor...", escribe al enterarse de la muerte de su hijo mayor, Juan Manuel de Vargas Pimentel que había ido a México a visitarle en 1699, después de más de veinte años sin verle y que en su vuelta a la península en 1702, ya cerca del puerto de Vigo, los galeones españoles son atacados y hundidos por una flota conjunta angloholandesa, lo que se conoce como Batalla de Rande.

Por último es el gobernador interino de Nuevo México, Juan Pérez Hurtado, el que escribe a su hija Isabel en 1704 sobre las circunstancias de la muerte de su padre en campaña contra los apaches, "..por un ataque grave de fiebre y escalofríos" y como es transportado a Bernalillo, sin que ningún medicamento tuviera efecto y dándole tiempo hacer testamento, "...para después entregar su alma al Creador, dejando este reino afectado y huérfano".

Fotos: cuadros de Carlos II, Diego de Vargas, apaches y batalla de Rande o de Vigo.
Documentación sobre las cartas de Oakah L. Jones, Documental edición, junio 1990, vol.12, No. 2.
P.D.: Esta entrada se debe al proyecto interblogs del blog: "Reinado de Carlos II" por la conmemoración del 349 años del nacimiento de Carlos II, un día como hoy. El proyecto era escribir algo de cualquier aspecto que tuviera relación con su reinado y aprovechando que el Jarama pasa por el término...

viernes, 5 de noviembre de 2010

SPAGHETTI WESTERN



Spaghetti Western llamaban a estas coproducciones italo-españolas, de las que normalmente el director y parte del elenco era italiano con los exteriores rodados en España, fueron una infinidad de películas las rodadas principalmente por los desiertos de Almería en las décadas de los 60 y 70, pero también muchas en la provincia de Madrid como en estos dos casos aprovecharían las riveras del Jarama por Torremocha, Patones, Uceda y Torrelaguna.
La primera del año 1965, "LOS CUATRO IMPLACABLES" del director Primo Zeglio y otra más en el año 1967, "LOS DESPIADADOS" (The Hellbenders) de Sergio Carbucci y música del afamado Ennio Morricone.