miércoles, 22 de febrero de 2012

SALVAS DE FUSILERÍA POR EL PREÑADO DE MARÍA LUISA GABRIELA DE SABOYA

La "Gaceta de Madrid", del 8 de febrero de 1707, anunciaba el feliz preñado de la reina María Luisa Gabriela de Saboya, esposa del primer rey de la dinastía Borbón española, Felipe V. De este embarazo nacería, el 25 de agosto de 1707, él que llegaría a Rey de España, Luis I, que tuvo uno de los reinados más efímeros, de solo 229 días, desde el 14 de enero de 1724 hasta su muerte el 31 de agosto del mismo año, muerto por viruela con apenas 17 años.

"Prosiguen en la corte los públicos regocijos, y piadosas demostraciones, en hacimiento de gracias por el feliz preñado de la Reina nuestra señora, habiendo los Concejos en diferentes Iglesias celebrado un día con toda solemnidad de Misa, Sermón y Te Deum...En todas las villas, y pueblos de la Andalucía, y Castillas, vienen avisos del singular alborozo que han tenido con esta noticia...y lo mismo hacen en sus cuarteles todas las tropas. En la villa de Tordelaguna, donde está alojado el Regimiento de Don Antonio de Leyva, después de las gracias que ambos Cabildos dieron a Dios en la Iglesia por tan singular beneficio, se dispararon en repetidas cargas los fusiles, formándose los escuadrones en orden militar por la disposición de Don Miguel de Haro, su comandante."

Retratos de María Luisa y de su hijo Luis I

miércoles, 15 de febrero de 2012

LA MADRE DEL POETA GERARDO DIEGO




El 19 de diciembre de 1954 era inaugurada la Biblioteca Juan de Mena en Torrelaguna, al acto acudiría, en representación de la Real Academia Española, el poeta Gerardo Diego Cendoya, (Santander, 1896 - Madrid, 1987), dio un breve y bonito discurso recordando a su madre que había vivido algunos años de su mocedad en la Torrelaguna del siglo XIX:




« Inaugurar una Biblioteca siempre es un acto memorable. Y si se trata de una Biblioteca Popular, especialmente simpático. La vida intelectual en las pequeñas capitales, en las villas y aldeas ha cambiado mucho y se ha enriquecido de posibilidades según ha venido avanzando nuestro siglo. La radio, el cine, los discos abaratan la cultura, la música, la ciencia y las letras y las sirven a domicilio o en locales de reunión social poco menos que gratuitamente. Con el mínimo esfuerzo. Y ésta es la peligrosa paradoja de la extensión cultural moderna. Porque a mínimo esfuerzo, mínima adquisición y provecho espiritual. Por eso debemos cuidar del libro, de su difusión y propaganda, de que no falten algunos libros esenciales, libros de devoción, de ciencia y técnica, de buena literatura en todos los hogares como consecuencia de los núcleos selectos de las bibliotecas estatales, provinciales y municipales. Porque el libro, como forma de materialización física y bibliográfica de la cultura, podrá estar en decadencia o en peligro de desaparición  ante el empuje de los discos, cintas, hilos, microfilmos o demás invenciones de la industria humana, a vueltas con los problemas del espacio, del peso y de la combustibilidad. Pero el libro, lo que hoy entendemos por libro y que siempre seguirá siendo el libro, cualquiera que sea la forma en que se nos ofrezca, es el compañero insustituible, el silencioso consejero que nos fuerza a pensar y a sentir, a colaborar con él y a educarnos en el ejercicio activo de la mente.

He venido aquí representando indignamente a la Real Academia Española y sólo esta representación puede justificar el que os hable. Torrelaguna celebra hoy la apertura inaugural de la Biblioteca «Juan de Mena». Y estos dos nombres, el de  Torrelaguna y el de Juan de Mena, evocan en mí  entrañables emociones. El nombre de  Torrelaguna porque está unido al recuerdo de mi santa madre que aquí vivió los años de su mocedad y aquí hizo su noviciado en la lengua de Castilla, ella, la doncellita vascongada de Madariaga, el caserío de Azcoitia, donde nadie hablaba entonces si no vascuence.

Y esa palabra, Torrelaguna, armoniosa y luminosa, con sabor a sierra y a poesía, resonaba en los oídos de un niño que, de la mano de don Marcelino Menéndez Pelayo en  las páginas de su «Antología de Líricos Castellanos», aprendía el  ritmo de su lengua en los versos del poeta cordobés, en sus coplas de arte mayor, vigorosas, férreas, cuadradas, macizas como conviene al  asunto grandioso que las inspira. Hasta los neologismos nobilísimos y arriesgados sonaban a los oídos del escolar como fiel  contraste de metal precioso que por nada del mundo malgastaría en  sustituirlos por moneda más baja y usadera. Y avanzaban como cuadrigas de bridones con sus cuatroacentos equidistantes los versos heroicos del  poeta:

Con dos cuarentenas y más de millares
le vimos de gentes armadas a punto,
sin otro más pueblo inerme allí  junto,
entrar por la vega talando olivares, .
tomando castillos, ganando lugares,
haciendo con miedo de tanta mesnada
con toda su tierra temblar a Granada,
temblar  las arenas, fondón de los mares .

Gran poeta Juan de Mena, el primero que crea un lenguaje poético y se alza sobre las inferiores categorías de juglares y trovadores. Esta Sierra le vio muchas veces solo o con su gran amigo don Iñigo, el Marqués de Santillana, cruzar sus puertos y recogerse en sus castillos o en sus albergues, yendo o viniendo de Segovia a la Nueva Castilla y a la Andalucía. Y Torrelaguna o Tordelaguna tuvo el  triste y piadoso privilegio de recogerle enfermo y maltrecho, probablemente agotado su frágil cuerpo de humanista, el rostro pálido, gastado del estudio, envejecido prematuramente por las  largas vigilias. Y aquí en Torrelaguna hubo de rendir su alma a Dios el que naciera en Córdoba la llana, el huerfanito de padre y madre que había de ser en cambio adoptado por las musas. Con el orgullo natural en todo poeta prometió un día a una dama,  tratando de convencerla de que depusiera su esquivez, la perennidad de las  amadas de mortales, de las musas de carne y hueso salvadas para el futuro por las palabras de oro y fuego.

«Yo vos suplico y vos ruego—me libredes de esta pena,—casi muero
en este fuego—no quizá fallareys luego—cada día un Juan de Mena.»

No; no se halla cada día un  Juan de Mena. Nacen de tarde en tarde, y es mucha suerte para una mujer sobrevivir en las estrofas de un gran poeta. Séalo también para esta flamante Biblioteca un adjetivo que le  gustaría a su padrino el poeta: nacer a la vida alta y clara de Castilla con el nombre esclarecido de Juan de Mena.»