viernes, 5 de febrero de 2010

TORRELAGUNA FRENTE A LA PESTE

La peste formaba parte de la vida de las ciudades en siglos anteriores. Estas plagas que iban y volvían plantearon el problema de las medidas a tomar para frenar la epidemia. Un movimiento continúo de correos se encargaba de conseguir información oficial sobre la extensión de la epidemia y licencias para permitir a las villas guardarse o subsistir mejor, a la vez que misiones de inspección por parte de médicos.
En la máxima epidemia de peste de 1597 a 1602, se van cerrando por orden real, sin poder salir ni entrar ciudades, villas y aldeas según la cercanía de la epidemia que empezó en Vizcaya en 1597 y va atravesando el norte y Castilla hasta que el 30 de julio de 1598 se dan como villas contagiadas de la mitra toledana a La Puebla de Montalbán, Navalcarnero, Robledo de Chavela, Jódar, el Cortillo de Belmes en Santa Lucía y TORRELAGUNA.
Un cordón digamos policial impide el paso a estos lugares y la más ayuda que pueden recibir es unas cuántas fanegas de trigo que dejan cerca del pueblo y después sus habitantes salen a recoger. Muchas instrucciones que deben cumplir desde dentro de las zonas afectadas, como regar con vinagre las calles y casas todas las mañanas y noches, hacer grandes humaderas u hogueras de romero, tomillo, cantueso y enebro; que no se hagan reuniones ni se comuniquen unos con otros sino a diez pasos de distancia, así como otras relativas a los enfermos y muertos entre ellas aconsejando su entierro en las iglesias. Esto podía durar todo el tiempo necesario hasta que se comprobaba que ya no atacaba a la población.
En 1602 esta peste después de atravesar España y Portugal dio sus últimos coletazos en Andalucia y Valencia.
*Texto basado en el estudio: "Toledo una ciudad frente a la peste" de Julián Montemayor